Los ciberdelincuentes ya no necesitan forzar puertas: utilizan las llaves que les dan. Tanto en la nube como en los pasillos del Louvre, ahora todo se reduce a controlar el acceso interno.
Cuando pensamos en la seguridad del Louvre, imaginamos espontáneamente sus obras más emblemáticas guardadas detrás de ventanas reforzadas y sofisticados sistemas de vigilancia. Sin embargo, el riesgo no siempre está necesariamente donde lo esperamos. Los acontecimientos recientes han demostrado que no siempre son las salas más prestigiosas las que concentran las vulnerabilidades más críticas, sino todos los accesos –humanos y técnicos– que permiten la entrada. Una placa insuficientemente controlada o un identificador demasiado simple pueden a veces exponer algo más que un intento de intrusión frontal.
La ciberseguridad empresarial sigue exactamente la misma lógica. El desafío ya no reside únicamente en proteger los activos más sensibles, sino en la capacidad de controlar un ecosistema de identidad y acceso que se ha vuelto más grande, más fragmentado y difícil de monitorear, particularmente en entornos híbridos y de múltiples nubes.
Un compromiso, un efecto dominó
Durante mucho tiempo, sólo las identidades privilegiadas se consideraron verdaderamente críticas. Este modelo ha quedado obsoleto. En la infraestructura moderna, una identidad no humana (ya sea una aplicación, un servicio automatizado o una clave API) puede abrir tantas puertas como una cuenta de administrador tradicional.
Las empresas están descubriendo hoy que su superficie de exposición está en realidad estructurada por estos miles de identidades, a menudo creadas para aumentar la eficiencia, pero rara vez gestionadas con el rigor necesario. Así como una tarjeta interna mal utilizada puede permitir el acceso indebido a áreas sensibles, una sola identidad digital comprometida suele ser suficiente para desencadenar un incidente importante. Varios ataques recientes comenzaron con un token mal protegido, una clave API expuesta o un script automatizado cuyos permisos nunca fueron revisados. En este contexto, los ciberdelincuentes ya no necesitan eludir las defensas: simplemente obtienen acceso legítimo tal como han sido configurados.
Un ecosistema fragmentado que multiplica los puntos ciegos
La transición a arquitecturas distribuidas complica aún más la situación. Una misma identidad se puede replicar en varias nubes, con diferentes derechos según los entornos, equipos o aplicaciones. Esta fragmentación hace que sea particularmente difícil responder a una pregunta esencial: ¿quién tiene acceso a qué y por qué?
Frente a esta realidad, es imprescindible un enfoque centrado en la identidad. Consiste en verificar sistemáticamente cada acceso, adaptar los privilegios al contexto real, monitorear comportamientos anormales y tratar las identidades no humanas con el mismo nivel de requisitos que las cuentas de usuario. El objetivo ya no es sólo impedir el acceso a las “obras”, sino controlar todos los caminos que conducen a ellas.
En un entorno donde las empresas dependen de la nube, la automatización y la inteligencia artificial, controlar las identidades y el acceso se está convirtiendo en una cuestión estratégica. La resiliencia ya no depende únicamente de las protecciones periféricas sino de la capacidad de supervisar y gobernar las identidades humanas y mecánicas que orquestan las operaciones diarias. En definitiva, proteger un sistema informático es lo mismo que proteger el Louvre: más allá de las ventanas, todo se reduce al control preciso de cada acceso.
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Par Anne Gueneretdirector de ventas Francia, CiberArk
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